El arte que late en la sombra: una mirada a la mentira de la normalidad
POR JULIO ERRE
¿Y si la normalidad no existiera?
¿Y si todo lo que se vende como “calidad” fuera un espejismo moldeado por cifras, algoritmos y conveniencia?
¿Y si te dijera que lo que hoy se premia no siempre es lo que importa?
En un mundo gobernado por métricas, rankings y números inflados, el arte corre el riesgo de desaparecer bajo una montaña de simulacros. Las playlists oficiales, las campañas pagadas, los artistas “curados por marcas”… todo parece diseñado para mantener la ilusión de que la calidad está donde están los millones de plays. Pero hay un problema: los millones no piensan, ni sienten.
Según un informe de Music Business Worldwide, en 2024 se subieron más de 120.000 canciones por día a Spotify. De ellas, más del 80% no supera las 100 reproducciones. ¿Dónde está el talento, entonces? ¿En los que son descubiertos por algoritmos? ¿O en los que persisten sin reflectores, forjando sonidos con sangre, sudor y nocturnidad?
La industria empuja la idea de que el talento está solo en los consagrados. Pero muchas veces, el verdadero talento no es visible porque la visibilidad es un negocio, no una validación. Y lo peor: se nos ha hecho creer que lo underground es sinónimo de fracaso. Que quien no brilla a la vista de todos, no merece ser escuchado.
Pero… ¿y si la historia fuera al revés?
¿Qué pasaría si el verdadero arte estuviera precisamente en los márgenes?
¿Qué si los verdaderos artistas fueran los que no claudican, los que resisten en la penumbra, creando sin likes, sin premios, sin sellos, sin más aval que su propio pulso?
Muchos de los nombres que hoy son leyenda nacieron en sótanos, en antros, en espacios prohibidos o invisibles. La electrónica misma, como movimiento cultural, emergió desde el under, desde la contracultura, desde las minorías oprimidas. La resiliencia fue el estudio de grabación. La exclusión, su primer contrato.
Como escribió una vez Patti Smith: “Los verdaderos artistas no son los que tienen éxito, sino los que no pueden dejar de crear aunque el mundo no los mire.”
Y es que el under no es un lugar: es una actitud. Es negarse a obedecer la estética oficial. Es crear a pesar de todo. Es vivir de noche porque el día no ofrece refugio. Es tocar para veinte personas como si fueran dos mil, porque cada oído atento vale más que mil métricas vacías.
En los antros vive una verdad cruda, sin maquillaje. Ahí donde se confunde el sudor con la música. Donde los beats no se diseñan para ser virales, sino para remover el alma. Donde los artistas no son influencers, sino alquimistas del sonido.
Tal vez la normalidad nunca existió. Tal vez la calidad no está donde dicen. Tal vez el arte no busca brillar, sino arder en la oscuridad.
Y si eso es cierto…
Entonces es hora de que bajes a las catacumbas.
Ahí donde la mentira no sobrevive.
Ahí donde lo real todavía pulsa.
JULIO